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EL ARTE DEL “DESACUERDO REFLEXIVO”.

 

Cuando dos personas tienen opiniones antagónicas, es muy probable que una de las dos se equivoque, y merece la pena saber si no serás tú mismo.

 

Por eso creo que debes apreciar y cultivar el arte del desacuerdo reflexivo: te hace saber que tu objetivo no es convencer a la otra parte de que llevas razón, sino averiguar qué opinión es la correcta y decidir qué consecuencias implica. Este arte enseña que ambas partes las motiva el miedo real de no perderse perspectivas importantes. Las conversaciones en las que de verdad vemos a través de los ojos del otro y viceversa -los dos <<yos>> superiores en búsqueda de la verdad- son inmensamente útiles y una gran fuente de potencial sin explotar.

Para ejecutar con destreza este arte, debes enfocar la conversación de un modo que dejé claro que tan solo tratas de entender al otro. Preguntar en vez de afirmar. Dirige el debate de forma sosegada, sin apasionamiento y anima interlocutor hacerlo propio. Recuerda: no se trata de una discusión, sino de explorar abiertamente que es cierto. Sé razonable y espera lo mismo de la otra parte. Con calma, afabilidad y respeto se llega mucho más lejos. Con la práctica mejorarás.

A mi modo de ver, no vale de nada enfadarse con los demás por una desavenencia, porque la mayoría de estas no constituyen amenazas sin oportunidades para aprender. Quienes cambian de opinión según lo que han aprendido solo verdaderos ganadores, en tanto que los que se enrocan en sus prejuicios y se niegan a aprender son quiénes pierden. No quiero decir que debas aceptar a ciegas las conclusiones de los demás. Debes ser abierto y asertivo a la vez: tener en cuenta las posibles fuentes de conflicto y estudiarlas mentalmente a medida que avances de forma fluida hacia lo que parezca más plausible según lo que hayas aprendido. A algunos les resulta fácil; a otros no. Un buen ejercicio para asegurarte que vas por buen camino es hacer una descripción a la otra parte utilizando su perspectiva. Si os ponéis de acuerdo después, lo estáis haciendo bien.

También es recomendable que ambas partes acaten, <<la regla de los 2 minutos>> durante ellos, ninguno interrumpir al otro, y así ambos podrán exponer por completo sus ideas.

 

A algunos les preocupa el tiempo que exige esta estrategia. Abrirse paso a través de las discrepancias lleva tiempo claro, pero esa mejor manera de usarlo. Lo importante es que priorices el tiempo que empleas, como lo gastas y con quién. Muchísima gente estará en desacuerdo contigo y no sería productivo pararse a evaluar todas esas opiniones. No compensa ser abierto de miras con todo el mundo. Es mejor invertir el tiempo con la gente más creíbles que tengas al alcance.

Si os estancáis, acordar que una persona que ambos respetéis os ayude a moderar el debate. Lo que sí es contraproducente, es darle vueltas al problema -y eso que la mayoría tiende a hacer- o malgastar el tiempo en cuanto los beneficios del diálogo empiezan a disminuir. Si te pasa eso, busca otra forma más productiva de entenderos mutuamente, lo cual no implica por norma llegar a un acuerdo.

Podéis estar de acuerdo en que estáis en desacuerdo.

 

¿Por qué no es la norma está conducta? Porque la mayoría de la gente rehúye por instinto las desavenencias. Por ejemplo, si dos personas van a un restaurante y uno dice que le gusta la comida, es más probable que la réplica sea << A mí también>> o el silencio, aunque no esté de acuerdo. Cuando rechazas las desavenencias es porque el <<yo>> inferior interpreta qué es opinión equivale a un conflicto. Por eso resulta difícil ser radicalmente abierto de miras: debes enseñarle a ti mismo el arte intercambiar pareceres sin que despierten en ti o en los demás esas reacciones.

Tener opiniones erradas y tomar decisiones basadas en ellas, en lugar de tener desacuerdos reflexivos, es una de las mayores tragedias de la humanidad. La capacidad de reflexión ante la discrepancias implicaría mejores decisiones en todos los ámbitos: la política, la medicina, la ciencia, la filantropía, las relaciones personales y mucho más.

 

Triangula tu perspectiva con gente creíble

dispuesta a discrepar.

 

Mediante las preguntas individuales a los expertos, y animándolos a tener desacuerdos reflexivos que me permitan escuchar y preguntar, aumentan mis posibilidades de tener razón y de aprender mucho más. Esto se verifica sobre todo cuando un experto discrepa con otro, o conmigo. Las personas inteligentes que pueden alcanzar desacuerdos razonados, son los mejores maestros, mucho más que un catedrático que nos diera una clase particular ante una pizarra. El conocimiento que gano gracias a ellos suele desembocar en principios que desarrollo y pulo para usarlos en situaciones similares que puedan surgir en el futuro.

En algunos casos en que los temas son demasiados complicados para entenderlos en el tiempo del que dispongo, delego la toma de decisión en gente avezada y más creíble que yo, sin dejar de prestar atención a su desacuerdo reflexivo. La mayoría de la gente no obra así: prefieren tomar sus propias decisiones, aunque carezcan del tipo de juicio que se requiere. Con ello, ceden ante su <<yo>> inferior.

Esta triangulación de perspectivas creíbles pueden tener un profundo efecto sobre tu vida. Por ejemplo, en temas médicos, en una ocasión una persona se sometió a un reconocimiento médico en el hospital, dónde le informaron de que padecía una condición precancerosa llamada <<esófago de Barret>> con displasia grave. Esta última en un estadio temprano del desarrollo de un cáncer y la probabilidad de que se transforme en cáncer de esófago es relativamente alta: un 15 % de casos cada año. Este tipo de cáncer es mortal, de modo que sin tratamiento podía desarrollarse en 3 o 5 años y morir. El protocolo de actuación estándar para casos como ese consiste en extirpar el esófago, pero en este caso a esa persona no se lo podían extirpar por algo específico relacionado con otra enfermedad. El médico le aconsejó que esperara y viera como progresaban las cosas.

 Durante las siguientes semanas empezó a hacer planes ante su posible fallecimiento sin dejar de luchar por vivir.

 

En vez de simplemente acatar las instrucciones, aunque sean las de un experto, trianguló las opiniones con gente creíble.

Así pues, le encargó a su médico de cabecera que concertara visitas con otros cuatro expertos en esta dolencia en concreto.

 

La primera fué con una jefa de Cirugía Torácica de un importante centro oncológico, Esta le explicó que la enfermedad se extendía rápido y que, al contrario de lo que el primer médico le había dicho, existe una intervención que podría salvarle la vida. Consistía en la extirpación del esófago y el estómago y en unir los intestinos con el pequeño tramo de esófago que le quedará. Según ella, había un 10% de posibilidades de que falleciera en el quirófano y un 70% de que quedará impedido. Pero había más probabilidades de vivir, así que merecía la pena tomarse en serio aquella recomendación. Como era natural quiso que hablara con el primer médico que le había diagnosticado y que recomendado cautela y observación, así que lo llamó para exponer a cada uno la opinión del otro. Fué esclarecedor. Aunque los dos habían dicho cosas completamente distintas en persona, en cuanto estuvieron juntos al teléfono buscaron limar al máximo las discrepancias y no dejar en evidencia al otro, anteponiendo la cortesía profesional a las malas formas para encontrar la mejor solución. Aún así la diferencias entre ambas opiniones estaban claras, y escucharlas le sirvió para entender el asunto más a fondo.

Al día siguiente se reunió con un tercer profesional experto e investigador de fama mundial que trabaja en otro hospital de renombre. Según él, la enfermedad no le daría problemas si se sometía a una endoscopia cada tres meses. Le explicó que era igual que un melanoma, pero interno: si se iba observando y cualquier crecimiento se atajaba antes de la metástasis al torrente sanguíneo. En su opinión, el resultado en pacientes que se sometían a este control era igual de aquellos que se sometían a la esofagotomía. Lisa y llanamente no se morían de cáncer. La vida seguía su curso normal, salvo por aquellos controles y procedimientos periódicos.

 

En resumen; en 48 horas había pasado de una sentencia de muerte casi segura a una curación que implicaba básicamente verse destripado y, luego a una vigilancia sencilla, y apenas molesta, que buscaría anormalidades y las extirparía antes de que fueran dañinas.

¿Se equivocaba el primer médico?

Acompañó a su médico de cabecera en una reunión con otros dos especialistas de talla mundial y ambos acordaron que un tratamiento de contención no supondría ningún problema, así que optó por él. En el procedimiento le tomaron muestras del tejido esofágico y lo mandaron analizar al laboratorio. Pocos días después, le dieron los resultados. Eran cuando menos, impresionantes. Tras el análisis, resultó que

¡no había displasia, ni grave ni de ningún tipo!

 

Hasta los expertos se equivocan; quiero decir con ello que merece la pena ser radicalmente abierto de miras y trabajar con personas inteligentes. Si no hubiera buscado otras opiniones su vida habría tomado un rumbo muy distinto. Las posibilidades de adoptar buenas decisiones aumentan significativamente consultas a gente creíble.

 

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